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CAPÍTULO SEGUNDO

ES INEVITABLE ACEPTAR LA EVOLUCIÓN

La teoría de la evolución (abiogénesis y desarrollo):

La teoría de la evolución en realidad se divide en dos partes o dos teorías prácticamente separadas, dos explicaciones, una del surgimiento y otra del desarrollo de la vida y su evolución sobre esta Tierra. La primera parte o primera teoría trata sobre la explicación del surgimiento de la primera vida, o el surgimiento de la vida terrestre a partir de la materia inerte. La segunda parte o segunda teoría trata sobre la explicación de la evolución y el desarrollo de la vida a partir de esta primera semilla, y por lo tanto lo natural será que presentemos primero el surgimiento y luego pasemos al desarrollo.

Primero: la teoría de la abiogénesis (la primera semilla):

Los biólogos consideran que en cada célula viva yace el secreto de la vida física, que por medio de este ocurre la replicación, el crecimiento y la reproducción, que se trata de los cromosomas o el sitio que guarda la información. Los cromosomas o ácidos nucleicos —ADN— consisten en una serie de nucleótidos que son cadenas heterogéneas de cuatro tipos de nucleótidos (A-T-C-G). Estos cuatro tipos representan las letras del lenguaje genético donde está escrita y almacenada la información que se trasmite durante el proceso de copiado cuando se duplican los ácidos nucleicos, por consiguiente, se puede considerar al ADN el elemento que representa a la vida, porque es el elemento que lleva la información para su duplicación y la producción de proteínas, siendo así, responsable de la reproducción y el crecimiento. Alguna variación ocurre como resultado de la combinación del ADN del macho y la hembra, o como resultado de la mutación adquirida específicamente durante el proceso de replicación o de la mutación como resultado del bombardeo radiactivo. Hay otro ácido nucleico que es el ARN, que sirve como intermediario para trasmitir la información durante el proceso de replicación del ADN o la producción de proteínas, pues la información que está en el ADN es leída y traducida para la nueva copia de ADN por medio del ARN, para lograr la reproducción o las cadenas de proteínas que afectan a la forma de la célula y su comportamiento y para que ocurra el crecimiento. Pues lo que diferencia a las células del hígado de las células intestinales son los genes que ejecutan el plan de su estructuración. Esta información o genes, está escrita conforme a unas reglas y en un lenguaje preciso para que el significado llegue al ARN y ocurra entonces la replicación del ADN o la producción de las cadenas de proteínas. Tenemos, por lo tanto, fábricas e industrias supeditadas a un plan lingüístico reglamentado que es la información o los genes.

Hay más de una hipótesis o teoría de la abiogénesis, entre ellas está la teoría de que un grupo de meteoritos que portaban aminoácidos habría golpeado la Tierra hace mil millones de años y en el agua de la Tierra se habría formado un caldo de aminoácidos levógiros, luego se habrían formado proteínas capaces de autorreplicarse o de convertirse en ARN. Otra es la abiogénesis de sustancias químicas que al principio se habrían autorreplicado hasta llegar así, a la vida o al ADN.

Investigación sobre las hipótesis de la abiogénesis:

En realidad, no hay una teoría sobre la abiogénesis demostrada con evidencias científicas, solo hay teorías o hipótesis no demostradas.

El ADN y el ARN presente en las células vivas se consideran replicadores, así como las proteínas que pueden autorreplicarse, consisten en un número muy grande de unidades o partículas, por lo cual, si quisiéramos calcular la probabilidad de que se forme solamente una vez de forma correcta por coincidencia y que pueda replicarse, llegaríamos a un número científicamente imposible de alcanzar dentro de los límites de tiempo que conocemos en esta Tierra.

Aunque supongamos que el origen de la vida haya sido con la más simple de las proteínas que garantice el proceso de autorreplicación, que fuera muy simple y que esté formada solamente de una cadena de 32 aminoácidos, como tenemos 20 tipos de aminoácidos que forman esta serie, tendremos entonces, que el número de probabilidades será de 4.294967296 e+41, es decir casi 4 x 1041, o sea, un 4 seguido de 41 ceros. Este número es muy grande y representa un índice de probabilidad demasiado pequeño para que suceda. En realidad, esta cuestión hizo que el Dr. Dawkins en su libro El Relojero Ciego tropiece en suposiciones poco realistas en un intento desesperado por disminuir el número de ceros por un lado y aumentarlo por otro. Así la mayoría de los ateos quitan decenas de ceros aquí y agregan otras decenas allá, en una forma negligente y nada científica, suponiendo imaginariamente que quizás al final, lleguen a un número que puedan decir que es aceptable y posible de alcanzarse dentro de los límites de tiempo disponibles sobre la Tierra que serían casi mil millones de años en el mejor de los casos.

Ahora supongamos que el primer milagro se haya alcanzado, que se hayan formado aminoácidos sobre la Tierra en condiciones excepcionales adecuadas para su surgimiento o aparición. Que se hayan desarrollado en unas condiciones adecuadas por las cuales tendríamos sobre la Tierra, cada segundo, y durante mil millones de años, un intento de que surja una proteína capaz de autorreplicarse. De este modo, el número de intentos disponibles será de 31449600000000000, o digamos, casi 3 x 1016. Al restar este número de la cantidad de intentos necesarios encontraremos que aún necesitamos casi 3.9999999999999999999999997 e+41 de intentos (3.9 x 1041) para que esto sea posible. Como vemos, un intento por segundo durante mil millones de años casi no afecta al número. Si quisiéramos calcular el tiempo necesario para que la probabilidad se alcance, si tenemos un intento por segundo, el período de tiempo será casi 4e+41 segundos (4 x 1041), es decir, 1034 años, o sea, un número seguido de 34 ceros, un número tan grande que supera a la edad de la Tierra, incluso a la edad del universo, por mucho. Pues la edad de la Tierra es un número seguido solo de nueve dígitos que se estima en 4.6 mil millones de años, y la edad del universo es un número seguido solo de diez dígitos, estimada en 13.7 mil millones de años.

Si lo calculamos de otro modo, es decir, que calculemos cuántos intentos, en un solo segundo durante mil millones de años, bastarían para que esto sea posible dentro de los límites de probabilidad, la cantidad de intentos por segundo será el resultado de dividir la cantidad de intentos necesarios entre el tiempo disponible, es decir, por mil millones de años: y el resultado será 87627187627187627187521271.718763 o sea, casi 1e+25 (1025), es decir, que necesitaremos casi un uno seguido de 25 ceros de intentos por segundo, o casi diez millones de millones de millones de millones de intentos por segundo durante mil millones de años para que esto sea posible y este número es absurdo.

Menos aún si sabemos que la probabilidad de que haya suficientes aminoácidos en la Tierra es una probabilidad muy pequeña también. Y menos aún si sabemos que los aminoácidos son de dos tipos: aminoácidos levógiros o aminoácidos dextrógiros, y las proteínas que intervienen en la composición de la vida se construyen solamente de aminoácidos levógiros. Esto significa que nuestra probabilidad anterior de obtener proteínas servirá solamente cuando se forme con aminoácidos levógiros combinados, esto quiere decir que la probabilidad de obtener las proteínas que buscamos es la mitad elevada a la cantidad de aminoácidos de esta proteína. Por ejemplo, si la cantidad de aminoácidos que componen una proteína es de 50, la probabilidad de que la obtengamos será la mitad elevada a la potencia de 50 y esta es una probabilidad insignificante. Teniendo una probabilidad tan pequeña de que se den estos pasos consecutivos para que surja una proteína, el aspecto de lo posible termina desapareciendo, volviéndose un asunto, que se parece más bien, a algo imposible.

Pero hay ateos que hacen cálculos al revés extrayendo los números necesarios de las premisas para que el resultado llegue a lo posible. Así pues, el primer problema es la disponibilidad del material de construcción o aminoácidos. Por ejemplo, intentan adoptar algunas hipótesis que plantean en las investigaciones para resolverlo, como que había condiciones en la Tierra, relámpagos y detonadores en abundancia al principio en la Tierra que habrían llevado a su formación. O está la que supone otro absurdo, que la Tierra habría sido bombardeada con meteoritos portadores de aminoácidos hace cuatro mil millones de años, y cuando descubrieron que el tipo de aminoácido debía ser solamente levógiro, algunos de ellos hicieron otro planteo absurdo, que estos meteoritos habrían sido expuestos a la luz de una estrella de neutrones en su trayecto a la Tierra, y así sucesivamente. Por lo tanto, toda la cuestión está construida sobre hipótesis absurdas para intentar demostrar que la formación de una proteína autorreplicable sobre la Tierra hace mil millones de años sería algo muy natural. Sin embargo, todas son hipótesis absurdas y cada una de ellas tiene tan poca probabilidad que desaparece, entonces ¡¿qué esperar de que sucedan todas sucesivamente?! Y aún con esto, a algunos de ellos les agrada decir que son razonables y aceptables.

Pues según los ateos es muy razonable que una inmensa cantidad de meteoritos cargados con masivas cantidades de aminoácidos eligiera precisamente al planeta Tierra, que en el universo es como un grano de arena en el desierto, ¡aun cuando el índice de probabilidad de que esto suceda es tan pequeño que desaparece!

Y que sería muy razonable que estos meteoritos hayan sido expuestos durante su trayecto hacia nosotros a la luz de una estrella de neutrones como para que se formen aminoácidos levógiros, y… y… y… y… y… y así, cada una de estas hipótesis de posibilidades tan pequeñas que desaparecen, son muy razonables. Pero que detrás de las leyes esté Aquél que creó la proteína autorreplicable o el ADN, no es razonable según los ateos. ¡Y que detrás del mapa genético lingüístico haya un hablante tampoco es razonable según los ateos!

Creo que lo que he presentado es suficiente para concluir el tema. ¿Acaso hay alguien razonable, que sepa que un acontecimiento cuya tasa de probabilidades de ocurrir es tan pequeña que desaparece y que toda la edad del universo no basta para que suceda, venga a decir después que sería algo normal que ocurra en el trascurso de mil millones y medio de años antes de que exista la vida en la Tierra, que al mismo tiempo rechace el debate de las posibilidades de que el acontecimiento haya sido milagroso, que después busque cualquier pajita para imponerla como una prueba, y que al encontrar evidencias científicas de que algunos meteoritos pudieron haber golpeado la Tierra en algún momento,  vaya más lejos con esta probabilidad y diga que estos meteoritos habrían venido de las profundidades de la galaxia, que habrían sido reservorios portadores de aminoácidos, y como solamente los aminoácidos no cumplen el objetivo, estos reservorios repletos de aminoácidos habrían pasado por una estrella de neutrones que habría estado en su trayecto a la Tierra y que su luz habría causado así su polarización para finalmente, convertir sus cargas de aminoácidos dextrógiros y levógiros mezclados a todos aminoácidos levógiros, continuando así hipótesis absurdas para salir del dilema sofocante de las probabilidades?

Hay algunas otras hipótesis sobre el ARN y el ADN que suponen algunos químicos o bioquímicos, de que el comienzo no habría sido con proteínas o ácidos nucleicos sino con sustancias químicas abióticas como los polímeros o pedacitos de arcilla que se habrían formado en una forma determinada capaz de replicarse:

«…sus máquinas de supervivencia debieron de ser absorbidas, en una etapa posterior, por el ADN. Si así ocurrió, los replicadores originales fueron totalmente destruidos, ya que ningún rasgo de ellos permaneció en las máquinas de supervivencia modernas. En estos términos, A. G. Cairns-Smith ha formulado la fascinante sugerencia de que nuestros antepasados, los primeros replicadores, puede que no fueran moléculas orgánicas sino cristales inorgánicos —minerales, pedacitos de arcilla».[1]

Estas hipótesis poco realistas siguen siendo meras hipótesis, no están basadas en datos científicos precisos y fiarse de lo que ocurre en algunas reacciones químicas en las cuales parecieran replicarse cristales es solamente depender de un fenómeno apartado del tema de investigación. La realidad es que las reacciones químicas no tienen nada que se llame replicación de información y que la transfiera, pues dentro de los límites de las ciencias experimentales y teóricas, estas son meras hipótesis que no han sido demostradas en lo absoluto como para adoptarlas científicamente. No hay diferencia entre ellas y el Gran Espíritu Celestial que ordena las piedras en la costa como cree la tribu primitiva del Dr. Dawkins.[2] Por lo tanto, no veo ninguna necesidad de debatirlas o responderlas, ya que son meras hipótesis que no alcanzan un nivel científico que merezca debate o respuesta.

En líneas generales, si el dictamen se trasladara al nivel sub-biológico, es decir al nivel de las reacciones químicas, pues lo mejor será pasar a hablar con los ateos de los principios establecidos de las reacciones químicas, de la física de partículas atómicas y subatómicas, y de las cuatro fuerzas (la nuclear débil, la fuerte, la gravitatoria y la electromagnética). Es decir, que al trasladarnos a las fuerzas atómicas y subatómicas, se supone que nuestro debate sea para demostrar la existencia de un dios a este nivel, es decir, en el sub-biológico, ya sea molecular, atómico o subatómico; porque según la hipótesis de que hay un polímero o algo similar, que habría comenzado a autorreplicarse regularmente y a evolucionar hasta llegar a lo que somos hoy nosotros, la vida habría comenzado de eso, en vez de que una proteína o un mapa genético haya sido el comienzo de la vida. Si ese fuera el caso, lo mejor será hablar sobre el origen de la materia, debatiremos esto en el tema del Big Bang, demostraremos la existencia de un dios a este nivel de investigación y conocimiento, y de lo que sea suficiente para demostrar la existencia de un dios, independientemente de la vida física, su evolución y del hecho de que haya surgido por la intervención de un dios o no, que haya evolucionado al azar o no, con un propósito o sin él.

Hay una teoría o hipótesis que sugiere que la vida vino prefabricada en el corazón de algunos meteoritos o rocas, unos pocos cientos de millones de años después de la formación del planeta Tierra, hay experimentos en este sentido para determinar la posibilidad de que organismos vivos o replicadores primarios sobrevivan al frío extremo, al calor extremo o a graves colisiones y se ha demostrado que algunos organismos multicelulares pueden vivir en un estado de hibernación sin agua, a temperaturas extremadamente bajas.

Hay una teoría o hipótesis de la abiogénesis de los primeros replicadores en charcos de los pantanos y océanos que habrían estado expuestos a ciclos húmedos y secos, a fuertes mareas presentes en el pasado debido a la proximidad de la Luna a la Tierra, mayor a la que está hoy, y que probablemente junto con el Sol, se habría causado la concentración de aminoácidos en pequeños charcos por lo cual se habría facilitado el proceso de formación del caldo primigenio adecuado para el surgimiento de los primeros replicadores.

Hay una teoría o hipótesis de las condiciones extremas que supone que el surgimiento de la vida fue en fuentes termales o en zonas extremadamente ácidas. Esta hipótesis fue resultado del descubrimiento de algunas formas de vida en las profundidades de los océanos que son capaces de sobrevivir en condiciones de altas temperaturas, y algunas de ellas en altos niveles de acidez. Por esto es posible que los primeros replicadores hayan empezado en condiciones similares, especialmente cuando estas condiciones prevalecían en los primeros cientos de millones de años de vida de la Tierra.

En realidad, toda persona justa verá claramente que lo planteado sobre la cuestión de la abiogénesis hasta hoy no es en lo absoluto un planteo científico sólido basado en hechos o realidad, sino una investigación construida sobre una base y una hipótesis de que no hay nada fuera de la naturaleza, que todas las cosas deben explicarse solamente dentro de los límites de la naturaleza, aunque fuera con una serie consecutiva de hipótesis absurdas, cada una más improbable que la otra. Entonces ¿qué podemos decir sobre la probabilidad de que se logre toda la secuencia? El intelecto determinará que, si todas estas pequeñas probabilidades a punto de desaparecer se materializan en conjunto, se trataría de la manifestación de un milagro, indicando que hay alguien que ha realizado esto para llegar a este resultado, que es la existencia de la vida en la Tierra.

Y como hasta ahora no hay ninguna teoría científica que explique completamente la abiogénesis de forma científica y aceptable, sostenida con pruebas concluyentes, Dawkins, en su libro El Relojero Ciego, llega al punto de debatir la posibilidad de que haya ocurrido algo parecido a un milagro, como cuando un relámpago golpea a alguien en el momento que se espera que lo golpee, o cuando un relámpago golpea a la misma persona siete veces como está en el Libro Guinness. O argumenta que lo que es un milagro en un período de tiempo corto no es un milagro en un período de tiempo largo, es decir, cuando se dispone de suficiente tiempo. Es decir, que él asume el surgimiento de la célula como un milagro, pero un milagro en proporción al tiempo. Y estas palabras bastan para responderle que la probabilidad de que surja un organismo autorreplicable es prácticamente nula dentro de los límites de tiempo que conocemos. Es más, incluso el número de planetas potenciales y oportunos para que esto suceda, no lo respaldaría si quisiera calcular la probabilidad a escala del universo en su conjunto, pues tendría la probabilidad de meteoritos cargados con aminoácidos, la probabilidad de que golpeen la Tierra, la probabilidad de que fueran aminoácidos levógiros y la probabilidad de que surja un ácido nucleico o una proteína autorreplicable, y esto merece por todo describirse como milagroso,[3] sobrenatural y extraordinario. Y por esto, hasta los más acérrimos defensores de que el primer surgimiento de la vida existente fue un acontecimiento completamente natural, dicen que ocurrió solamente una vez y que no se repitió dos veces, y esto es un reconocimiento tácito de que la abiogénesis consiste en un milagro o que por lo menos, es una cuestión compleja y remota de producirse:

«Los organismos no pueden tener una ausencia total de relación entre sí, ya que es casi cierto que la vida tal como la conocemos se originó solo una vez en la Tierra».[4]

Conclusión de lo expuesto: no hay explicación científica y lógica sostenida por evidencias, aunque sea aceptada por los científicos, de la cuestión del surgimiento de la vida.

Talvez, la teoría del caldo que postula un milagro o intervención oculta para explicar la disponibilidad del caldo primigenio adecuado para el surgimiento de la vida, no esté más alejada que postular la disponibilidad natural del caldo y la subsecuente formación de la proteína.

Podemos decir que la tesis será más lógica en el caso de postular un milagro divino —después de que hayamos demostrado la existencia de un dios— que postular replicadores cristalinos o replicadores de arcilla.

De lo contrario, decir que estos se han formado y replicado sin ninguna intervención externa hasta producir vida, significa que tendrían que replicarse muchas veces después de la primera replicación y continuar produciendo vida nueva, o al menos, algún tipo de replicador primario cada cierto período de tiempo hasta nuestros días, mientras estén disponibles las materias primas, y como esto no ha ocurrido y no ocurre hoy es, por lo tanto, incorrecto.

Además, lo mismo se aplica a la hipótesis del caldo de aminoácidos, pues, aunque repitamos hoy la elaboración de caldo primario en un laboratorio, no cabe esperar que se produzcan proteínas capaces de autorreplicarse o un ácido ribonucleico sin nuestra intervención, además de fabricar el caldo primario. Es obligatorio, por lo tanto, que asumamos que una intervención externa reunió los compuestos químicos, los cristales, las partículas de arcilla o los aminoácidos en un compuesto capaz de autorreplicarse, multiplicarse y producir la primera vida. Si este fuera el caso entonces, ¡¿por qué esta intervención que habría producido la vida no habría sido una intervención oculta y divina, especialmente después de que hayamos demostrado la existencia de un dios a su debido tiempo?!

Por lo tanto, la cuestión de la abiogénesis es inexplicable científicamente, y representa una brecha que la ciencia y los científicos no han podido llenar, a pesar de todas las capacidades disponibles en el laboratorio de hoy, que facilitan todas las condiciones adecuadas para simular las condiciones de cualquier período de tiempo en el cual biólogos y bioquímicos esperarían el surgimiento de la vida, tal como se ha formado hace cuatro mil millones de años, o incluso menos.

Con respecto a lo mencionado, mi propósito no es rechazar la hipótesis del surgimiento de la vida o la formación de una proteína autorreplicable de algún modo si están disponibles el material, las condiciones y el tiempo. De hecho, creo en lo que han dicho los Imames (con ellos sea la paz), y en lo que han previsto los cosmólogos y biólogos: que el universo está repleto de organismos y que no estamos solos en este universo. Lo que quise aclarar es que la abiogénesis es un dilema que la ciencia no ha resuelto, porque la ciencia no ha podido encontrar una solución a la disponibilidad del material y a las condiciones adecuadas para el surgimiento de la vida —o digamos, como creemos, la implementación del primer mapa genético, o digamos, la semilla del mapa genético—, a partir de las sustancias químicas inorgánicas que han evolucionado hasta alcanzar su propósito: el ser humano y el mapa genético del ser humano.

Conclusión: no hay hipótesis de valor científico que explique la anécdota del surgimiento de la vida sobre la Tierra de forma lógica y aceptable, sin postular acontecimientos que son científicamente difíciles de producirse. Por consiguiente, hay una oportunidad lógica y aceptable, al menos por ahora, de asumir la intervención de un dios y de un aspecto oculto para explicar lo que ha sucedido, frente a estas hipótesis improbables —o casi improbables— de producirse.

Sin embargo, examinemos la validez de la hipótesis a la cual se aferra la otra parte —los ateos. Según ellos, los replicadores químicos inorgánicos primordiales de cristales o arcilla, habrían producido una proteína, la Tierra habría sido un plato de caldo de aminoácidos levógiros y el número de intentos habría sido suficiente —de esta manera, sin que haya una explicación científica y lógica que compruebe la disponibilidad de esta sustancia—, y que después de todo esto, habríamos conseguido nuestra proteína necesaria, compuesta solo de aminoácidos levógiros. Si esto hubiera ocurrido, ¿negaría la realidad que intentan dejar de lado Dawkins y los ateos como él, de que el mapa genético es compuesto, complejo, reglamentado, lingüístico, y portador de un propósito —como demostraremos— y que, por ende, depende de un legislador y un hablante? Pues si ellos niegan que Él, o un agente suyo, sea su legislador, siendo Él la causa oculta de su aparición sobre esta Tierra e insisten en que solamente ha aparecido por causas naturales nada más, entonces ¡¿cómo negarán o dejarán de lado que tenga un propósito, que esté legislado y que tenga un lenguaje —que le da su función—, siendo todo esto, evidencia de aquél que tuvo el propósito, que dictó las leyes y habló a través de esto?!

¿Puede ser que cuando el plano de un edificio o un puente se cumple, se finaliza y se pone en funcionamiento, digamos que se hizo según las leyes del lenguaje de la ingeniería y que quien lo ha escrito es consciente, y cuando vemos que el mapa genético se cumple y funciona no digamos lo mismo? ¡¿Acaso nuestro lenguaje es una evidencia de que somos conscientes de la semántica de su finalidad, y el lenguaje genético no sea una evidencia de que quien lo colocó o habló a través de él, sea consciente y pretenda alcanzar con él un determinado significado o propósito?!

Creo que cualquier persona racional dirá que, si nuestro lenguaje es una evidencia de que somos hablantes y que pretendemos llegar a un significado, entonces el lenguaje genético es una evidencia de que detrás de él hay un hablante con un propósito, especialmente cuando se han alcanzado propósitos claros que hoy conocemos, como la inteligencia, el mejor mecanismo de supervivencia.

[1] Fuente: Dawkins – El gen egoísta, pág. 31.

[2] “Si se recorre una playa llena de piedras, yendo y viniendo se notará que la disposición de las piedras no es al azar. Las piedras más pequeñas tienden a encontrarse en las zonas segregadas a lo largo de la playa, y las más grandes en zonas diferentes o franjas. Las piedras han sido ordenadas, enfiladas, seleccionadas. Una tribu que viviese cerca de la costa podría maravillarse ante esta prueba de clasificación u ordenamiento del mundo, y podría desarrollar un mito para explicarlo, atribuyéndolo, quizás, a un Gran Espíritu celestial con una mente ordenada y un gran sentido del orden.” (El relojero ciego – Dawkins, 1986, pág. 43). – Esto será debatido luego en el libro.

[3] Sabiendo que todo esto aún no produce realmente una célula eucariota calificada para la evolución y la diversidad, como mucho producirá una proteína autorreplicable. Supongamos, en el mejor de los casos, que esta proteína, a través de la evolución, podría haberse convertido en una célula bacteriana viva. Las células bacterianas se diferencian de las células de los demás organismos animales y vegetales que son eucariotas, porque los organismos conocidos científicamente se dividen en bacterias procariotas y eucariotas que contienen organelas. La transformación de una bacteria en una eucariota calificada para la evolución y la diversidad es también, una cuestión compleja, y la probabilidad de que ocurra tampoco es grande. Al calcularla podríamos entrar en el mismo laberinto de probabilidades anterior, pues la teoría de Margulis dice que las células eucariotas, como nuestras células, son un resultado de la unión de diferentes tipos de bacterias, puesto que, en nuestras células, por ejemplo, hay una mitocondria en el núcleo que tiene un ADN particular propio, diferente al ADN principal de la célula, lo cual significa que hay una unión particular previa, y por esto hay más de un ADN en la célula. La mitocondria se autorreplica, o sea, hay más de un mecanismo de replicación en las eucariotas. Sin embargo, la mitocondria por lo general la trasmite solo la madre, porque el óvulo tiene un espacio amplio para transportar a diferencia del esperma que es pequeño y no tiene un espacio amplio. Por lo tanto, se puede rastrear el ancestro hembra a través del ADN que hay en la mitocondria, tal como se puede rastrear el ancestro macho a través del gen sexual, porque sólo está en el esperma del macho. En las células de los vegetales, la eucariota existe en otro elemento que se llama cloroplasto y también tiene un ADN particular propio diferente al ADN principal.

[4] Fuente: Dawkins – El relojero ciego, pág. 343.


Extracto del libro La ilusión del ateísmo de Ahmed Alhasan (a)